En una antológica escena del tercer Padrino, Anthony Corleone le regala a su padre una canción. Se titula “Brucia la terra”. El hijo cantante que no quiso ocuparse de los negocios de la familia, hace estremecerse de nostalgia al viejo capo. Con una sola canción. Un Pacino magistral se emociona seca y contenidamente. Pero su turbación es tan profunda que todos pensamos en su insondable soledad, en nuestra juventud, en aquellos sueños que algún día, hace tanto tiempo, quedaron a un lado del camino, en su estragado corazón cubierto de púas y de años, y en el inapelable fracaso de toda una vida.
Más cine por favor.
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