La Regenta

Don Alvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento y soñador; no oía a Don Victor, oía la voz del deseo, ardiente, brutal, que gritaba: <<¡Hoy, hoy, ahora, aquí, aquí mismo¡>>

Y en tanto el ex regente, a quien aquellas sombras del salón y aquella discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecían muy a propósito para confesar sus picardías eróticas, continuaba el relato, para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo:

-¡Pero qué fatalidad¡ ¿Cree usted que por fin la hice mía?. ¡pues no señor¡, pásmese usted… Lo de siempre, me faltó la constancia, la decisión, el entusiasmo.. y me quedé a media miel, amigo mío. No sé qué es esto; siempre sucede lo mismo… en el momento crítico me falta el valor… y estoy por decir que el deseo…

Una vez al repetir esta canción don Victor, a Mesía se le antojó atender; oyó lo de quedarse a media miel, lo de faltarle el valor… y con suprema resolución, casi con irá pensó:

<<Este idiota me está avergonzando, sin saberlo.. Ya que él lo quiere, que sea… Esta noche se acaba esto… Y si puedo, aquí mismo…>>

Poco después, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Victor de confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de las buenas digestiones después de las cenas grandiosas. No estaba allí Anita.

Salió Alvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie pensara en si salía o no, y entró de nuevo en el caserón. En la cocina seguía la algazara. Lo demás todo era silencio. Volvió al salón. No había nadie <<No podía ser>> Entró en el gabinete de la Marquesa… Tampoco vio entre las sombras ningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. Sobre ellas ningún bulto de mujer. <<No podía ser.>> Con aquella fe en sus corazonadas, que era toda su religión, Alvaro buscó más en lo oscuro… llegó al balcón entornado: lo abrió.

-¡Ana¡.

-¡Jesús¡

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Lo anterior es un pasaje de la  novela que acabo de terminar, “La Regenta” . Todavía estoy perplejo. A lo largo, muy largo, de la lectura, la tan traíada y llevada comparación con Madame Bovary es inevitable. Si bien el personaje de Ana Ozores creo que es mucho más rico que el de Emma (a mí personalmente lo que menos me gustó de la novela de Flaubert es el personaje de la Bovary), la francesa es una novela que resulta más amena y emocionante. La Regenta tiene capitulos antológicos y divertidos como el entierro cívil de Don Santos Barinaga, pero en general resulta más árida que su oponente gala. Ahora bien, todas estas consideraciones quedan en un segundo plano cuando uno lee el final de la novela de Clarín. Conozco pocos finales tan terribles y crueles. Resulta díficil adivinar porque el autor humilla de esa forma tan infamante a un personaje que ha mimado durante 700 páginas, a no ser que Anita Ozores sea un trasunto del propio Clarín. Solo así puedo entenderlo.

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