Loser Blues.

En las secas y tórridas noches de Tuscaloosa las esposas dóciles palpan el filo del trinchante mientras observan detenidamente el cuello del marido.* Siempre he sido un experto en hacer mal las cosas, confié todo mi dinero a un tipo llamado Madoff y ahora estoy aquí, sudando, axfisiado, y solo, en este poblacho fiambre en medio de ninguna parte. Mi maldito Dodge descapotable dijo basta. A lo lejos se ve un viejo local, en el cartel, de color mugre fosforescente,  a duras penas se puede leer “Craw Daddy”. Pistonudo. Trago saliva y decido husmear. Un ambiente saturado y turbulento me abofetea al abrir la puerta del antro, a través de penumbras y humo mis ojos van distinguiendo lo que mis oidos ya saben.  Es un puto y genuino garito de blues.  Una barahúnda de morenos transpira y se agita mientras unos músicos viejales gimen y atronan con sus guitarras eléctricas. “¡Un bourbon doble, amigo¡”, le digo al camarero, “puede que mi suerte haya cambiado esta jodida noche”.

* Con la venia del gran Raymond Chandler

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