Password to heaven.

   El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto, la bahía era un espacio negro donde las gaviotas chillaban y daban vueltas en círculo sobre cardúmenes de poliestireno blanco flotando a la deriva.*  Por los muelles, una multitud de octavillas multicolor, mojadas y pisoteadas, se agitaban al compás del viento. Esta mañana había estado el presidente diciendo que nos va a salvar.  Mientras hurgaba por mi chaqueta en busca de la última dextroanfetamina, algo blando reverberó en la superficie del agua. Un instante, apenas perceptible. Cuando el octogono viajaba por mi esófago un rácimo de burbujas apareció en la dársena. Retrocedí, las gaviotas habían  desaparecido y el viento iba arreciando con la llegada de la medianoche. Tras diez segundos de prudencia avancé unos pasos y miré. Un cadaver entumecido oscilaba de espaldas siguiendo las ondas del agua, en su nuca se podían distinguir haces tronchados de cables de fibra óptica unidos a la cabeza mediante retículas de trodos plateados.  Ayudado por una pértiga, semipodrida por el salitre, acerqué el cuerpo al muelle.  Parecía un hombre de mediana edad.  Tras sacarlo del mar lo tendí sobre las láminas de madera. Rebusqué en los bolsillos de su anorak Ellese. Había una nota envuelta en plástico para una tal Molly. La invitaba a unirse con él en la matriz, ahora que por fin era solamente software replicado, consciente y libre.

(Culpable de esto.)

* Thanks to William Gibson.

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