Microrrelato de terror de Año Nuevo

    La sed y el dolor de cabeza acabaron por despertarlo. Tenía la boca tan pastosa que temió forzar abrirla. Pesadamente se incorporó y se dirigió a la cocina. Acercó la boca al grifo y bebió directamente del chorro. Hasta que cada celula de su garganta quedó satisfactoriamente irrigada.  Volvió a la habitación. “Qué raro” pensó, estaba casi seguro que había vuelto a casa con alguien.  Pero dolía tanto intentar recordar, su cerebro latía desbocado. Levantó un poco la persiana y comprobó que había amanecido. Un sol muy suave tronchaba la fina capa de niebla matutina.  Paracetamol y algo de café con leche. Encendió la televisión, pero solamente emitían reposiciones de Sálvame. En todas las cadenas lucía el logotipo de T5. “Que mierdas pasa con la antena”.  No sin gran esfuerzo, decidió salir. La calle estaba completamente desierta, todo el mundo parecía estar purgando en sus camas la nochevieja. Un vientecillo frío y desagradable comenzó a soplar trayendo consigo un infecto olor a carroña. Inmundas hileras de ratas corrían por las aceras, pegadas a la pared. Se aproximó a la puerta de varios bares. Todo cerrado. Un  rosario de cuentas negras en el suelo le sacó de sus cavilaciones. Lo recogió y lo enrolló en su mano. Siguió caminando. Luz. En una oficina del INEM se veía un resplandor interior y aparentaba existir actividad. Se acercó a las cristaleras. Dentro, una aglutinacion viscosa de gente llenaba todas las depedencias. Vestidos de gris, iban y venían en torno a un panel luminiscente que anunciaba los turnos. Click-click. Pero ningún número aparecía, extrañas runas en rojo chillón surgían en el indicador. Todos alzaban la cabeza, comprobaban que no era su turno y seguían con su trajín arriba y abajo. Resolvió entrar, había un torno. Cuando lo empujó con la cadera, automáticamente, al franquearle el paso, una ranura le expidió una papeleta con su turno. Era el 26011963. Sonrió. Al retroceder hacía la salida comprobó que el torno estaba bloqueado. No podía pasar. Saltó por encima e intento abrir la puerta. Imposible. Muy nervioso la emprendió a patadas con ella. Nada. Ni una raspadura en la pintura. Un reflujo bilioso le inundó el paladar. Siguió durante horas golpeando frenéticamente hasta que cayó rendido. Lloró. Tanto que notó que sus ojos se enrojecían saturados de venas. Miró a la gente, parecían llevar milenios aquí. Click-click. Un abismal estremecimiento lo sacudió al ver un sinfín de globos oculares, sanguineos y vueltos hacía arriba, alzar la mirada hacia el dispositivo. Apretó con todas sus fuerzas el rosario y se unió a la masa.

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