Mil gracias, maestro.

Foto El País

Foto El País.

Llegamos a Nîmes sobre las diez. Habíamos hecho noche en una población cercana pues nos fue imposible encontrar alojamiento en la capital del Gard. Desde el mismo momento que entramos en la ciudad tuve una sensación histórica, de que llegábamos al lugar en el que iba a ocurrir algo transcendente y de que ibamos a ser testigos. Centro abarrotado, multicolor, puestos de comida y bebidas por doquier, casetas, vendedores, gentío, calles cortadas, imposible aparcar. Por fin, tras localizar un parking todavía con plazas libres, nos dirigimos al coliseo. El Arenes. Inmemorial, solemne y severo, pero precioso y dispuesto a albergar al último gladiador en sus lances con la muerte. Impresionante marco, casi sobrecogedor, que al atravesar su umbral te lanzaba sin remisión, esta vez sí, al vientre añejo de la Historia. Vuelta a la realidad. Hemos venido tarde y las entradas de anfiteatro, las de la plebe, no van numeradas. Está todo repleto. Después de algún agobio nos acomodamos en la última fila, contra los grandes sillares del muro. Al menos, podemos disfrutar de un poco de sombra si nos agachamos. El sol es de justicia y parece dispuesto a no perderse ni una pizca del espectáculo. Al mirar hacia atrás descubro esta maravilla.  Un mural gigantesco pintado en la fachada lateral de un edificio que queda a nuestras espaldas.

Comienza el paseillo y comienza la liturgia. Todo resulta impecable y ovación cerradísima. Va a empezar. Silencio. Al público francés le gusta el silencio, y a mí también. Se oye todo, el derrape del toro, el bufido, hasta los vuelos del capote. Desde el primer recibimiento pareciera que entraramos en un sueño, soñando la tarde perfecta, la conjunción, el entendimiento, la sublimidad alcanzada a fuerza de elegancia sencilla y pura.  Sólo los sobrios alardes, el capote a una mano, los naturales por la derecha, me sacan de esa especie de onirismo mantenido. Espadas como cañones, variedad, abandono, sabiduría en los terrenos y las distancias, armonía exponencial, temple y ligazón imposible, de hilo y compás. Cuando termina y despiertas, te preguntas como es posible que pueda hacerlo, que esté tan por encima de todo y de todos, que si merece la pena volver a una plaza de toros si ya has visto esto.  Por supuesto que el indulto fué exagerado, el burel no tuvo un tercio de varas canónico y no lo mereció, aunque era la nobleza con astas personificada, y que los toros pudieron tener más trapío, pero en general fueron correctísimos, y los trofeos muy justos, si acaso podríamos discutir dos orejas a lo sumo. Pero resulta trivial el debate. Sin sentido. Fue algo demasiado grande, un conjunto artístico que fluyó como un río sereno desde el primer al último instante, sería como despreciar al Moisés porque Miguel Angel le esculpió dos cuernos. En fin, abandonamos la plaza sabiendo que ya formaba parte de nosotros mismos, que volveríamos allí casi cada día y que José Tomás nos había ofrendado una obra de arte verdadera haciéndonos sentir protagonistas. De camino al parking descubrimos un sitio encantador, una delicia, una peña dedicada a Pablo Romero que parecía extirpada directamente de la misma Chiclana. Muy recomendable.

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