La Regenta

Don Alvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento y soñador; no oía a Don Victor, oía la voz del deseo, ardiente, brutal, que gritaba: <<¡Hoy, hoy, ahora, aquí, aquí mismo¡>>

Y en tanto el ex regente, a quien aquellas sombras del salón y aquella discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecían muy a propósito para confesar sus picardías eróticas, continuaba el relato, para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo:

-¡Pero qué fatalidad¡ ¿Cree usted que por fin la hice mía?. ¡pues no señor¡, pásmese usted… Lo de siempre, me faltó la constancia, la decisión, el entusiasmo.. y me quedé a media miel, amigo mío. No sé qué es esto; siempre sucede lo mismo… en el momento crítico me falta el valor… y estoy por decir que el deseo…

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