Tiempo de trasvases

El Ebro a su paso por La Rioja

Mi infancia en mayor o menor medida ha estado unida al Ebro. Bajabamos fundamentalmente a divertirnos con la escusa de pescar, con las bicicletas, y un tresmallo, y siempre vigilando para que no nos sorprendiera el guarda. En una ocasión robamos una barca de un amarre de la ribera navarra, y la hundimos en medio del río. Los niños riojanos veníamos así de combativos. Pero, sin duda, lo que más nos gustaba era tirarnos por la zona de las corrientes, el agua nos llevaba a toda velocidad hasta un remanso más abajo. En una de esas zambullidas estuvo a punto de llevárseme del todo si no es porque mis amigos me agarraron del brazo fuertemente. Son cosas que nunca se olvidan.

 

Cuantas veces habríamos oído a las personas mayores que nos advertían: “Cuidado con el Ebro, que es muy traicionero”. Todos habíamos escuchado historias de gente que se había ahogado, pero cuando volvíamos con los calderos llenos de peces siempre nos recibían de muy buen humor.

 

Más tarde, de jóvenes, también bajabamos al Ebro, en cuadrillas de chicos y chicas, a bañarnos y  pasar el día. Allí, seguramente, fumamos por primera vez, después de haber intentado besar sin éxito a alguna chica. Y ahora, cuando la mañana sale buena, me gusta todavía ir con mi hija de tres años, a pasear alrededor de la central hidroeléctrica, a que vea el agua, y a que aprenda a disfrutar del campo y la naturaleza.

 

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